"Ya no es necesario salir a la calle con rifles, ni enfrentarse al sheriff"

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De James Lynch a la Cultura de la Cancelación

"Ya no es necesario salir a la calle con rifles, ni enfrentarse al sheriff"

De James Lynch a la Cultura de la Cancelación

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La antropóloga Alicia Martínez analiza con ojo crítico la exportada “Cultura de la Cancelación”. Nos invita a profundizar y reconocer los límites de este supuesto empoderamiento de los sectores populares digitalizados.


Desde chica supe lo qué era un Linchamiento. No sabía el origen del término, pero sí su sentido. Gracias a las series de TV norteamericanas, sobre todo las del Oeste, o “de vaqueros”, como les decíamos, el linchamiento, como una práctica de violencia que presuntamente aplica la justicia por mano propia, se volvió familiar en un contexto diferente, en otro tiempo y lugar. Pero además de esa característica de tomar en mano propia la dudosa justicia, y “colgar” a alguien –la horca también se volvió familiar-, tenía otra: la horda.

Un grupo de vecinos da algún poblado polvoriento decide que no esperarán que venga el juez de la ciudad más cercana. Que hay algo “reparador” en sacar al presunto culpable de las manos del sheriff y llevarlo hasta un cadalso improvisado donde será “ejecutado”.

Esa horda es capaz de matar al sheriff si se interpone.. Hay célebres películas en las que el sheriff se atrinchera en la oficina y se dispone a repeler a tiros el avance de la partida o patota.

Esta patota tiene siempre a alguien exaltado que grita las consignas necesarias para encender el ánimo de los demás. Es el que paga los “tragos” en el bar, y el que decide cuándo se les acaba la paciencia y van por el reo en cuestión. La emoción exaltada, amplificada por el alcohol, y el espíritu de partida de caza, de solidaridad entre compañeros de armas, es la nota característica que se lleva puesta también la emoción de les espectadores. La adrenalina contagia. La ejecución será el climax. Como un perverso orgasmo de destrucción.

En ese lejano tiempo de mi infancia, me encontré una tarde ensayando un nudo corredizo para una horca…Así de naturalizada estaba la muerte.

Mis padres cuidaban bien de que no recibiéramos esas influencias, y no aprobaban los juguetes bélicos. Ni pistolas, ni rifles, o armas del futuro con luces de colores que se encienden al disparar. No pensaron en prohibirnos la soga.

Pasaron los años. De violencia sé mucho más. He aprendido desde las más aberrantes y masivas formas hasta las más sutiles. He estudiado las públicas y las que suceden puertas adentro del hogar. He tenido diálogo con los y las violentos/as, y con las víctimas. He tratado de entender las causas, los orígenes, los mecanismos de reproducción. Además de las formas más conocidas, hay una violencia discursiva,, una violencia que consiste en “ningunear” a la persona con quien se vive, o a grupos de personas, y en ese caso es el Estado el responsable. Violencias económicas,sexuales,“shareting” que consiste en mostrar la vida privada de nuestros hijos en las redes, etc..

Últimamente ha empezado a circular otro término también traído del mundo anglosajón. La “Cultura de la Cancelación”. Consiste en retirar el apoyo moral, material o financiero a personas o entidades consideradas socialmente inaceptables, objetables por algo dicho o hecho. “Cancellation culture”. Las personas y las empresas pueden ser objeto de cancelación vía redes sociales. Invita a borrar registro de ellas e insta a que esto se masifique.

Ya sé: suena a boicot. Pero como señala Dora Barrancos, el boicot tiene una historia más ligada a la lucha de los anónimos contra los poderosos que se aprovechan de ellos. Los derechos de los consumidores incluyen la práctica de no comprar un producto cuyo precio ha sido inflado abusivamente o que esconde tras su fabricación, trabajo esclavo.

Pero esta nueva práctica es diferente pues se basa en el poder individual, narcisístico que dan las redes. No es una práctica que crea conciencia de clase (o lo que sea que reemplace la clase hoy día). Es una actividad que se regodea en el momento mismo de cancelar. Práctica solitaria, aunque tuviera efectos colectivos sobre la persona cancelada. Las redes crean la ficción de la fama personal poniendo nuestras fotos en exhibición, la ficción del poder y el anonimato, cuando, bajo identidades camufladas, hacemos críticas o insultamos a personas o grupos que no aceptamos. Aparece el elemento común con el linchamiento: una acción autoritaria, fuera del estado de derecho. Pero no revolucionaria, no se impugna un orden injusto para proponer otro más justo.

El anonimato genera un sentimiento de despreocupación, de no-compromiso con mis dichos. Así que puedo decir cualquier cosa. No habrá consecuencias para mí. 

El linchamiento mediático ha sido una práctica política de los últimos años. Se afirmó complicidad de importantes figuras públicas con serios crímenes, a través de “trolls”.Estas cuentas habían sido abiertas para la ocasión. Todo el mundo sabe de la existencia de la maniobra, pero eso no corrige el resultado.

Hoy se sabe que Aníbal Fernández no era “La Morsa”, pero eso no tiene efecto sobre el pasado, cuando su candidatura (mala o buena) se fue a pique después del linchamiento mediático.

Ya no es necesario salir a la calle con rifles, ni enfrentarse al sheriff. Es más, hoy es un negocio que recluta mano de obra desocupada, mercenarios y afines.

Con formas más sutiles, sin ver la cara que se va poniendo azul del ahorcado, seguimos siendo las mismas hordas de siempre [1].


[1] Nota: Si leen ustedes con detenimiento, encontrarán lo siguiente:

    -uso de lenguaje inclusivo: “les espectadores…”

    -uso de el/la: “los y las violentos/as…”

    – ninguo de las dos opciones: “los anónimos contra los poderosos…”

…Era para saber si estaban atentes…


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