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Día 82 de cuarentena

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Querido Diario:

Llegó otra boleta de luz. Ya son dos las impagas, entre otras. ¿O tres?, sí, quizá tres… Si te digo que me inquieta, pero que me inquieta que desde hace unos días me entusiasme esto de ya no hacerme drama por ver cómo se acumulan las deudas, ¿qué decís? ¿Qué onda, Diario?, ¿me estaré volviendo loco, me estaré transformando en un ciruja de interior? Te voy a confesar algo, pero algo más importante que esas cosas que me persiguen como desinfectar la tanza de la bordeadora, o el fiambre como vehículo transmisor de virus o los pelos no depilados en cuarentena que podrían tapar cañerías y provocar inundaciones… No, nada eso. Estoy en una nueva etapa. Lo que te quiero confesar es esto: si encontrara una manera de ganar plata desde casa por el resto de mi vida, te juro que no saldría más. Obvio que vería a mis hijos. Y con eso sería suficiente, eh. ¿Es muy raro que me esté gustando mucho quedarme encerrado en casa? Ya sabés que soy — o era— de esos a los que le gusta atrapar la realidad, de los que tienen el culo inquieto, de los que disfrutan de experimentar la ilusión de tenerla controlada, la realidad, viste, que la ordena y atiende sus demandas y al finalizar el día se regocija de esa calma por haber cumplido, entre nosotros, Diario, una calma no solo momentánea, sino casi del todo ficticia; a veces uno ni llega a escuchar el despertador al día siguiente y ya tiene la cabeza embotada y trabajando en nuevas preocupaciones. Bueno, resulta que hace unos días, dos, tres, ni idea porque ya casi ni diferencio el día de la noche, esa calma, que era tan efímera, ahora se mantiene casi constante, y no justamente por cumplir con las obligaciones. ¿Será el encierro? ¿Importa?, preguntarás vos. Y no, te respondo. Oí esto: lo último que me venía preocupando mucho, además del número de infectados, era el inquilino que no pagaba. Lo llamé hace unos días, mientras hacía con desgano alguna tarea de la oficina en la computadora (ya sabés que “trabajo” desde casa y esto deriva en otro tema que ya te voy a comentar en otro momento). El tipo alquila la casa que fue de mis padres y justo ahora que necesito más que nunca esa guita, no paga. Viste que de la oficina me depositan menos plata del sueldo y que se me va casi toda en la cuota de manutención de los pibes. Pensé en decirle a Nélida de tirarle un poco menos, pero no quise discutir. Fue raro. El tipo, el inquilino, que es peluquero, más bien coiffure (es más profesional), tiene dos sucursales. Le va bien, o le iba bien, aunque no tanto, en este país ser propietario es que te vaya bien y el tipo alquila, viste. La cosa es que con este mes ya tiene dos meses impagos. No sabés, lo llamo y lo agarro en el peor momento. Bueno, no sé, quiero decir que primero pensé que estaba re depresivo, y sí, estaba depre, o digamos muy angustiado, y no es para menos, hace casi tres meses que no puede abrir los boliches y que los sueldos de los empleados y que le fue a cortar a domicilio a un par de clientas que no se aguantaban verse las raíces de otro color, pero que a casi todos es más el miedo que le tienen al virus lo que los domina que el verse al espejo hecho una ruina, y que por otro lado a él también ya le está dando miedo tocar las tijeras y que no sabe qué va a hacer y que patatín patán, y raro, lo raro era que lo oía respirar entrecortado en medio de su letanía, su tono de voz que por momentos se desinflaba y dejaba escapar una especie de sollozo, y yo que le decía qué mal Rubén (Rubén se llama, cómo se iba a llamar un coiffure sino Rubén), te entiendo, no quiero meterte presión, tranquilo, ya va a pasar esto del virus, y si nos tiene que matar que nos liquide de una puta vez, ¿o no?… Y sí, qué sé yo si lo ayudaba con lo que le decía. Y oí esto, Diario, entre sus lamentos entrecortados y suspiros también me empieza a llegar unos grititos de fondo, suaves, o no suaves, mejor dicho gritos enérgicos, apasionados, aunque a muy bajo volumen. Sí, empiezo a sospechar o que Rubén está mirando porno o que algo raro se está filtrando en la comunicación. Todo esto mientras yo le digo, tranquilo, me vas dando de a poco, haceme transferencias cuando puedas juntar algo, Rubén, de a poco, así yo puedo pagar algún impuestito, viste, y la cosa es que ya me empiezo a incomodar, no solo porque no me contesta, porque lo oigo suspirar profundo, ya medio agitado, se me va Rubén, pienso, o está por tener un infarto o… Rubén. Che, Rubén, le digo, ¿vos te estás haciendo la paja?, sí, le pregunto, sí, así de una, Diario, ni lo pienso, como que lo veo en situación y me sale, así, sin rodeos. ¿Qué?, me dice, y noto como que le vuelve la voz al pecho. Pero, ¿cómo se te ocurre?, dice, parece al borde de la indignación, pero exagera, me doy cuenta, y yo que me lo imagino ahí, deprimido, barbudo y con los calzones por los tobillos y con medias, sentado en el sofá, con el teléfono en la oreja y la televisión clavada en el canal porno, lastimándose meta puño y le digo: dejá, Ruben, tranquilo, después hablamos, seguí con lo tuyo, y ahí nomás, te juro, Diario, no puedo reprimir la carcajada y empiezo a reírme, y lo loco es que cuando empiezo a recuperar el aire, escucho su risa también, Rubén también se está riendo, hasta que en un momento, ay la puta madre, dice, me tenté, y le digo, yo también, y él que dice, Dios, hace semanas que no me reía, “seguí con lo tuyo”, qué hijo de puta, cómo me vas a decir “seguí con lo tuyo”… y dale, sí, apenas junto algo te hago una transferencia, sí, cuídate, dale hablamos, saludos, ya va a pasar, y de pronto me dice, si querés te voy pagando algo cada quince días con cortes a domicilio, me tira, y yo que le digo no, gracias, no por ahora, Rubén, y nos volvemos a tentar cuando me dice, mirá que el gel viene incluido en el corte, eh… Eso, Diario, más o menos fue lo que pasó, y no sé, pero desde ese momento, como que dije, si Rubén tiene los negocios cerrados, le debe dinero a sus empleados y etc… y me atiende y no deja de hacerse la paja, ¿yo me voy a preocupar por unos impuestos de mierda?, y no, Diario, ¿no te parece?, y ahí mismo, cuando corto, me entra una llamada de un cliente y (por esto mismo no te lo conté antes, un poco me daba vergüenza) mientras me pasa unos datos de su póliza, me empiezo a hacer una, sí, Diario, así de raro está todo, y fue liberador, cuando corté como que me sentí un hombre nuevo. Raro, sí, o no tanto, yo qué sé, a veces mis hijos hablan por teléfono con sus amigos mientras hacen caca… la cuarentena es rara, y los sueños, eso, ya te voy a contar mañana de los sueños. Oí: en la cuarentena se sueña rarísimo, los sueños son re peposos. Será la cantidad de series que uno mira, los noticieros, la cantidad de comida que se morfa, los miedos… Bueno, igual hora estoy cansado y voy a ver otro álbum de fotos de unas vacaciones en Mar del Tuyú antes de intentar dormir (ya te voy a contar también lo que pensé de Mar del Tuyú). Listo por ahora, y sí, todo va a salir bien, ya sé, Diario. Hasta mañana. Por hoy nada más.

#HASHTAGS: cuarentena | encierro | ficcion

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