"La reina olvidada del rock argentino"

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Gabriela (Parte II)

"La reina olvidada del rock argentino"

Gabriela (Parte II)

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En la pasada entrega surcábamos los cielos de la meteórica y efímera carrera que Gabriela había desarrollado hasta su partida a Los Ángeles con Edelmiro Molinari. La buena acogida de su obra y un brillante álbum debut no habían podido ganarle la pulseada a un país convulsionado, donde no se celebraban elecciones libres desde hacía más de quince años y el éxodo se transformaba en el camino de muchos artistas agobiados por la censura.

Fuera del radar argentino Gabriela abandona la música y comienza su vida de cero. La rutina la abruma hasta que un día conduciendo por las amplias calles de Los Ángeles la música la sorprende en el camino, “descubrí que si apagaba la radio, me surgían melodías, así que me compré un grabador chiquito y cuando se me ocurría algo lo grababa, ahí, adentro del auto.”

Al nacimiento de su hija Cecilia, en 1976, lo sucede una breve visita a Buenos aires que se convierte en un puñado de fugaces presentaciones en compañía de Gieco y Santaolalla como teloneros. Pero la aventura dura poco y pronto retorna a Norteamérica, donde se gesta, a fuego lento, lo que será su próximo disco.

Cartel de 1977

El lado A de Ubalé (1982) no contiene sonidos distorsionados, está plagado de slides de guitarra a lo Harrison y baterías de la época que se acoplan a canciones que, con leves cambios, podrían convertirse en chacareras. En el momento en que  más se aleja de las guitarras eléctricas entran unas congas africanas que, dignas de una banda de reggae, ponen rumbo hacia la World Music tan difundida por aquellos tiempos. El lado B muestra un poco más a la roquera de antes, pero luego de una década aquella adolescente tierna se ha convertido en una mujer desencantada, sin rastros ya de aquella inocencia primal. El disco termina con otra sonata espectacular que se erige en la encrucijada entre los límites del progreso humano y un planeta de ensueño.

La placa representa sus experiencias en Los Ángeles, trabajando de día y componiendo de noche, juntando las monedas para pagar las horas de estudio y reuniendo los elementos que dilataron la salida hasta 1982. Aquí, la ocasión se viste de oportunidad para convocar a otra súper banda, compuesta por músicos estadounidenses e hispanoamericanos del más alto nivel. El proyecto es descripto en sus propias palabras de la siguiente forma: “Fue conocer y tocar con los más grandes músicos del mundo como Alex Acuña, David Lindley , Robben Ford y otros no tan conocidos pero igualmente talentosos, además junté estos artistas con brillantes músicos argentinos como Pino Marrone, Gustavo Santaolalla, León Gieco y otros.”

Gabriela y Alex Acuña.

Aunque los créditos del disco presentan a Santaolalla y Molinari como productores, ella lo desmiente categóricamente, Fue un disco enteramente producido por mí, pagándoles a los músicos, literalmente con tortillas de papa y milanesas caseras, “Es un trabajo hecho a pulmón pero con alma y que sintetiza todos los años esos de Los Ángeles”.

Ubalé trajo, a modo de propuesta indecente, la posibilidad de convertir a la cantautora en la Julio Iglesias femenina, pero el proyecto que contaba con la propulsión de un magnate japonés, la participación de una disquera internacional y un abultado cheque inicial, fue desestimado por la cantante luego de que la indecisión le jugara una noche en vela.

Un año más tarde aparece Friendship (1983), cantado en inglés y editado solo en Escandinavia. El experimento fue producto de un acuerdo discográfico negociado por una amiga durante el verano boreal de 1983. “Me había hecho muy amiga de una mujer sueca en Los Ángeles. Una noche, escuchando mi música, ella me dijo que podía conseguirme un contrato discográfico en Suecia.”  Grabado con otra tanda de músicos locales de excepción y con la producción corriendo a cuenta de Daniel Goldberg, poco mas es lo que sabemos acerca de este disco que se encuentra ausente de los servicios online y carece de edición en América. Sobre el proceso, Gabriela cuenta que se grabó con las magras tres horas de luz diarias que alumbran esas latitudes y en medio de un hermoso bosque nevado. “Hasta el día de hoy me pregunto si ese mes realmente existió.

En 1987 regresó a Buenos Aires junto a su nuevo marido, el guitarrista de jazz Pino Marrone, y a su hija, pero las cosas no encajaron como imaginaban y dos años más tarde ya se fraguaba el retorno a Los Ángeles, donde Pino encara trabajos artísticos en compañía de grandes estrellas como Dianne Reeves, Joe Diorio y David Lynch. En 1992, mientras el Austral es sucedido por el Peso y las privatizaciones y los cierres de fábricas son moneda corriente, deciden retornar definitivamente a su país y rearmar sus vidas, “me di cuenta que lo que extrañaba de la Argentina viviendo afuera no existía más. Recién ahí logré armarme un nuevo mundo acá”.

Antes de tomar aquella decisión trascendental aparece Altas Planicies (1991), grabado entre Los Ángeles y  Buenos Aires y con una nómina de contribuciones impecable que incluye a Pedro Aznar, David Lebón, Rodolfo García y León Gieco, entre otros.  Son baladas atípicas, llenas de percusiones y de instrumentaciones minimalistas y cambiantes, por momentos fantásticas, frescas, originales  e inteligentes, aunque las canciones no lo son tanto y el acento en este caso se pone más en el mensaje que en la melodía. No quedan ya rastros del folk rock de antaño, en su lugar despuntan ritmos folklóricos latinoamericanos que sobrevuelan México, Argentina y Bolivia, mientras sobresalen los vientos del altiplano.

“Fue como mi primer paso a algo un poquito más experimental, menos folk”

En 1995, instalada en Argentina pero aislada de la música local, empezó a cranear lo que según sus cálculos sería su último disco, la idea era simple: “Lo voy a grabar en casa. Alquilo un par de cosas, llamo a algunos amigos para que toquen esto y aquello, y el resto lo hago yo. Después pido un préstamo, lo mando a hacer, y lo saco. Ésa era mi idea para mi último disco”. Pero en ese momento un imprevisto lo cambiaria todo. Marrone le hizo escuchar “Rambler” un tema (instrumental) del brillante, prolífico y ecléctico guitarrista de jazz Bill Frisell y la catarata creativa se desató. El tema  le gustó tanto que sintió que debía tomarlo en sus manos y hacer algo con él, esa misma noche compuso una letra, la grabó encima de la pieza original y la bautizó “Tren de la medianoche”. Luego la puso dentro de un sobre de papel madera con una copia de Altas Planicies y la envió por correo al manager de Frisell con el fin de lograr los permisos pertinentes para hacer uso de la música. Antes de que se cumpla un mes de aquel arranque emotivo un fax comenzó a desenredarse del aparato telefónico. El jazzero se ponía a disposición para un proyecto en común que 6 meses después se convertía en su tercer disco, Detrás del Sol (1997). “Me senté sola, lo leí varias veces y me puse a llorar.”

En 2017 Bill Frisell visitó el CCK.

Ahora las armonías son abandonadas a los arreglos de cuerdas minimalistas y a las guitarras cristalinas que bañan con arpegios las calmas composiciones de Gabriela mientras se suceden con maestría casi improvisada. Al mando del proyecto esta Lee Townsend, promotor de la empresa, productor de Frisell y de otros dioses de las seis cuerdas como Pat Metheny, John Scofield y Elvis Costello. La banda que la acompaña hace, como de costumbre, gala de su prestigio y ahora el percusionista peruano, Alex Acuña, disfruta de la compañía de sesionistas estrella traídos por el productor. El disco fue grabado en San Francisco, a cargo de la distribución estuvo el prestigioso sello alemán Intuition y esa conjunción hizo posible el reconocimiento de la prensa teutona. La repercusión mediática del trabajo abrió la posibilidad para un segundo disco con Frisell y propició el interés de la Rolling Stone germana, que lo calificó como una “pequeña obra de arte”.

En lo musical es un disco hermoso que describe paisajes y estados que se suceden en cámara lenta. “Tren de la medianoche”, la antigua “Rambler” de Frisell, cobra un brillo inusitado en la gola de Gabriela, al tiempo que las tonadas mejicanas se profundizan y la batería hace un aporte substancial que sirve para sostener las bajas revoluciones por minuto. El disco no gozó de una concurrencia masiva pero si del favor de los expertos y la revista Acoustic Guitar no vaciló en catalogar a la yunta Gabriela/Frisell como “la colaboración más fortuita y memorable de los años 90”, eligiendo al disco como uno de los diez mejores de la década.

Foto de la producción de Ubalé. Ph.: Michel Lichtenstein

El trabajo se hizo en menos de una semana, como se hacen los discos de jazz, tocando todos al mismo tiempo. Es este uno de sus trabajos más exitosos, y uno de los pocos intentos argentinos que han tenido algo de reconocimiento internacional. Pese a eso, ninguna disquera nacional se interesó en publicarlo y el disco quedo en el limbo para la audiencia argentina. “Acá me dijeron cosas como: cuando Frisell tenga más participación en tu música por ahí podemos sacar algo”.

Dos años más tarde la sociedad con Frisell y Townsend escribe un nuevo capítulo y los norteamericanos se ponen a las órdenes de la poetisa para dar a luz a un nuevo proyecto, una vez más encauzado con sesionistas del más alto nivel. En esta oportunidad la búsqueda se direcciona hacia “algo flotante” y totalmente despojado de instrumentos percusivos, que de todas formas ya se encontraban en retirada de su música. A ello se agrega un trio de cuerdas que, comandado por la guitarra de Frisell, llega “a un lugar celestial”, al tiempo que la sinergia Gabriela/Frisell redunda una y otra vez, como en Rambler, en la acomodación de la vocalista a las frases de guitarra. Es un intento lirico e interpretativo por darle entidad a los sentimientos armónicos que expele incansable la guitarra del experto. Por detrás de ambos se yergue una atmosfera propia de un salón parisino del siglo XVIII que corre por cuenta de instrumentistas de elite. El resultado, extrañamente, tiene aires hispanos, como si la vieja California pudiese irradiar aquellos sonidos que le fueron propios antes de que el imperialismo yanqui le cayera encima. El trabajo fue presentado durante 2003 y 2004 en distintas locaciones de EE.UU., y en los prestigiosos festivales de jazz que tienen lugar anualmente en las ciudades de Montreal, Vancouver y Ottawa, aunque ya sin la banda que lo había hecho posible en 3 días de grabación.

Foto de la producción de Ubalé. Ph.: Michel Lichtenstein

Viento Rojo (1999) tuvo un éxito moderado allí donde su predecesor había brillado, la recepción alemana es igualmente satisfactoria y la prensa norteamericana no deja pasar la ocasión para otorgar el reconocimiento de la mano del programa Global Village de la KPFK de Los Ángeles. Sucede que más allá del talento de Gabriela, el prestigio de Frisell augura siempre un lugar en los medios.

Al finalizar la producción de Viento Rojo una envalentonada compositora le decía a un medio local que su próximo disco comenzaría con la canción “La Tormenta Terminó”, pero 6 años más tarde aquella pieza ocuparía la octava posición de El viaje (2006). Su último trabajo musical es una apuesta minimalista que se apoya en las guitarras de Frisell, aunque ya sin la parafernalia decimonónica de su antecesor. Ahora las canciones vuelven a poner a la lírica en primer plano y la guitarra prístina se llena de ecos, trémolos y reverberaciones que completan una atmosfera de júbilo y paz, opuesta a la oscuridad de su antecesor. Es el trabajo definitivo de una mujer que, rondando los 60, resume toda su actuación volviendo a la lógica del principio, pero haciendo gala de todo lo aprendido en un camino lleno de tapujos, percances y contratiempos. Una artista ajena a su tiempo, que esgrime una coherencia y una fidelidad admirable a su modo de ver las cosas, una interprete que no siempre pudo llevar a cabo sus proyectos pero que cuando pudo lo hizo de la manera más honesta que encontró y que, hasta aquí, parece haberle puesto un broche de oro a una carrera intermitente que no hace otra cosa que mostrarla tal cual es: “Yo soy como un animal del monte. De esos que se esconden mucho, salen un ratito y en cuanto ven que viene alguien, vuelven al monte. Y muchas de las cosas que escribo tienen que ver con eso”.

El trabajo de Gabriela está cargado de sutilizas instrumentales y de arreglos tan precisos que lo convierten en una obra de arte. La misma prolijidad se escucha en la lírica introspectiva que dota de ánima a los cuatro elementos y se esfuerza por eludir referencias a los artefactos modernos. Es lógico que en esa tónica la artista tenga graves dificultades para insertarse en un mercado cargado de músicas para gente que vive rápido, pero Gabriela pertenece a un planeta distinto, detenta con orgullo el honor de ser la primera reina del rock argentino y exhibe una obra impecable cubierta con un manto de intriga que hace a tu figura, incluso, más grande.

Disco de la semana: The Miseducation of Lauryn Hill, de Lauryn Hill.
Canción de la semana: Ex-Factor, de Lauryn Hill.

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