"Reina del rock argentino"

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Gabriela

"Reina del rock argentino"

Gabriela

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Según la doctrina del famosísimo rey de Francia, Luis XIV, la corona no es más que la expresión del designio divino y aquí, pese a las ínfulas de un francesito altanero, no queda más remedio que darle la razón. Pero Gabriela, tiene muchos más méritos que haber nacido en una cuna de oro, de principio logró hacerse lugar en una escena exclusivamente masculina y, más tarde, se ganó el respeto y la sociedad de algunos de los músicos más diestros del país, y del mundo.

Comprender el devenir de una artista misteriosa fue, en caso de haberlo logrado, un esfuerzo de investigación intenso que por la escasa cantidad de información disponible terminó convirtiéndose en una aventura inesperada y llena de aprendizajes, donde los momentos de una vida cinematográfica se intercalan con situaciones que la ponen en dificultades de lo más mundanas y terrenas. Gabriela es una cantante tan brillante como su lírica, reconocida en los círculos más altos de la música culta, pero completamente desconocida por los grandes públicos y, en particular, por sus compatriotas. Lo que sigue a continuación es un collage pintoresco construido con fragmentos periodísticos que intenta humildemente pasar revista al devenir de una artista siempre fiel a su fuego interior.

Gabriela nació en la agitada Capital Federal de agosto de 1945, en el seno de una familia poco musical que velozmente decidió mudarse al campo. Hasta los seis vivió en la localidad de Rauch, momento en el cual el trabajo de su padre cambiaría su vida para siempre. “Viví en el campo hasta los seis años, sin televisión ni música, o sea que el cambio cuando mi viejo entró a la carrera diplomática fue brutal”.

Su crianza transcurrió al ritmo de los  acordeones chamameceros que los gauchos agitaban al viento los fines de semana, mientras la pampa húmeda se metía en sus venas para no limpiarse jamás. “Mis padres no eran musicales, y en mi casa había tres discos: uno de Harry Belafonte, otro de Gardel y otro de Miguel Aceves Mejía”, con esos discos aprendió a cantar.

A temprana edad, un padre diplomático la introdujo en un recorrido mundial que se desarrolló en una encrucijada de culturas. Viviendo como una border, su primer viaje la colocó en Portugal donde a los nueve vió cantar a Amalia Rodrígues y decidió vestirse de negro para siempre, al tiempo que aquella majestuosa voz  la perfilaba en el camino de la interpretación: “supe que eso era lo que quería hacer con mi vida”.

Tiempo después, abandonó el país luso para vivir 2 años en Turquía y luego cuatro años en Brasil, donde compró su primer guitarra y fue autodidacta. Los dos años siguientes la encontraron viviendo en la embajada de Argentina en Irlanda.

“Pasé mí infancia y adolescencia absorbiendo distintas fuentes musicales, a pesar de mí, recién de adulta pude apreciar los beneficios que esto dejó”

En Gran Bretaña, terminó el secundario y se emancipó de sus padres que retornaban a la Argentina. Fue así como puso rumbo nuevamente hacia la Europa continental con el onírico horizonte de ser actriz. Recién desembarcada en París comenzó a buscar un hotel que pudiera pagar y tamaña aventura la depositó en el Barrio Latino, convirtiéndola además en testigo preferencial de las duras reprimendas vertidas sobre los universitarios del mayo francés. “Llegué a uno que estaba lleno de artistas reventados: ése era el hotel que quería.”

En París estudió teatro con Jean-Louis Trintignant, actuó en la compañía de Víctor García y participó durante dos años en la obra “El Cementerio de Automóviles” de Fernando Arrabal. Viviendo de la actuación y alimentándose de manera exigua, aprovechaba su día libre para divertirse tocando covers de Dylan en un café parisino mientras The Beatles conquistaban el mundo y la providencia la ubicaba una de esas mágicas noches en la discoteca Regine’s donde un encuentro con Ringo Starr y su esposa tomó un giro inesperado cuando Gabriela no tuvo mejor idea que pisar al beatle para entablar conversación. En la ciudad de las luces vivió la psicodelia, conoció nuevas formas artísticas y expandió sus horizontes a la par de las figuras de la época. “En París vi la luz.”

En 1969, la obra teatral en la que participaba sale de cartel y ella, ignorando cuan convulsionado estaba su país, decide volver, sucumbiendo a su atracción impostergable por el paisaje pampeano. Al llegar, se da a la tarea compositiva en una bulliciosa Buenos Aires que la invita, al año siguiente, a presenciar el primer gran hito del rock argentino. En el festival B.A. Rock conoce a una muchacha que, antes de pasar a engrosar la lista de desaparecidos de la última dictadura militar, la escuchó cantar e inmediatamente le sugirió ir a ver a Aníbal Gruart, el manager de Almendra.

En esa oficina conoció a Edelmiro Molinari, violero de Almendra, luego secuaz del super grupo que la acompaño en sus comienzos y más tarde marido, padre de su hija y pieza de vital importancia para su inserción profesional, “Me preguntan si me costó entrar en el mundo de la música, y la verdad es que no, no me costó nada. Pienso lo que cuesta insertarse ahora en el negocio. La mayoría no lo logra, y lo que más cuesta una vez que estás adentro es seguir adelante a través de los altibajos”.

En una época donde los discos se hacen por amor al arte y el rock anglosajón se agita como banda de sonido de lo que los protagonistas entienden como una revolución cultural, Gabriela elige el folk-rock como arma de expresión. El segundo B.A. Rock la encuentra del otro lado de las gradas (aunque gradas no había) y el festival, que se extiende durante todos los sábados de noviembre de 1971 desde las 13:30 “hasta que se ponga el sol”, la escucha brillar al mando de una descomunal aplanadora, mecanizada por Gabriela y Edelmiro en guitarras, David Lebón en bajo, Litto Nebbia en teclados y Oscar Moro en batería.

La apuesta era riesgosa, Argentina es un país machista, el rock un espacio de hombres y los músicos no sabían que podía llegar a suceder con una mujer al frente de 5000 personas. Aquella situación era completamente inédita y sus amigos pensaban “o la matan o la aceptan”, en palabras de Gabriela: “en aquella época la juventud argentina iba a los recitales de rock a liberar muchas represiones”,  “tenías que tener una mezcla de coraje e inconciencia para ser mina en ese momento y decir me mando” pero ella lo hizo, canto solo 3 canciones (“Andando por ahí” de Bob Dylan, “Rodando” y su hit “Campesina del sol”) y el público cayó rendido a sus pies: “Considero que lo mío fue un raro milagro ya que el público me aceptó instantáneamente y sin dudar, tanto es así que me pedían un bis de pie y yo no tenía más canciones”. En aquel momento  decidió que quería hacer eso para el resto de su vida.

Gabriela en el B.A. Rock

Ese mismo año sacó su primer simple llamado “Campesina del sol” y escrito por Edelmiro, tocó en el cine Pueyrredón acompañada por Lebón, Molinari y el armonicista Luis Gambolini y después preparó la inminente salida de lo que seria su álbum debut.

Luego de haber participado en la organización de los míticos recitales, Daniel Ripoll, el editor de la revista Pelo, organizó al año siguiente en el cine Atlantic lo que no tardó en denominarse el Acusticazo. Era la propuesta de invierno que venía a complementar lo actuado en el B.A. Rock, que se hacía en primavera, y que más tarde fue leyenda al transmutarse en el primer disco de rock en vivo de nuestro país. De todos modos, fue un hecho bastante aislado puesto que el sello para la edición se consiguió a duras penas y lo que hoy parece un festival de estrellas, mirado en retrospectiva era, en realidad, un rejunte de músicos ignotos empuñando guitarras criollas que por su bajo caudal de volumen obligaban a la audiencia a permanecer en el más absoluto silencio. De aquella tarde de folk compartida por Gabriela, Gieco, Porchetto , Miguel Krochik y Gregorio Fleicher, entre otros, solo queda el registro sonoro y algunas fotos de extraidas del archivo de Pelo.

En el Acusticazo nacería una intima amistad con León Gieco que traería grandes colaboraciones como: “Adiós”, “hombre viejo”, “Desde tu corazón” y “Un día termina hoy”, solo por nombrar algunas.

Gabriela revista pelo
Revista Pelo

En ese momento, bandas ahora clásicas del rock nacional como Color Humano, Aquelarre, Litto Nebbia y Gabriela formaban parte de la productora A.M.A.R. (Agrupación de músicos argentinos de rock) extendiendo una tradición local de cooperativismo y solidaridad que se extiende a nuestros tiempos, mientras las radios comenzaban lentamente a inundar con música rock las casas argentinas y el género norteamericano trasladado al castellano ya no parecía tan antinatural como en el la época de Los Beatniks. Pero un hecho lamentable cambiaria de un plumazo la actitud del gobierno de facto, temeroso por la vuelta del General desterrado, y luego de los destrozos protagonizados por Billy Bond y la pesada, el 20 de octubre en el marco de las “jornadas para la juventud” que tuvieron lugar en el Luna Park, las cosas se pusieron espesas.

En aquella oportunidad, los integrantes de Pappo’s Blues, Color Humano, Pescado Rabioso y Huinca debieron salir corriendo del famoso estadio cuando la reyerta entre la policía y el público recrudecía. Inmediatamente despues del hecho comenzó la censura radial, la JP presionaba y la dictadura parasitaria de Lanusse empezaba a hacer agua por todos lados.  Sincrónicamente y a contramano de la represión, Miguel Grinberg y Ángel Del Guercio montaban sendos programas de rock como vías de escape para aquel confinamiento.

Ese mismo año aparece “Gabriela”, grabado en vivo, en cuatro canales y con la compañía de Molinari, Nebbia, Moro y Lebón. En él, la impronta folk se convierte en figura desde el primer tema mientras la lírica evidencia lo que a ojos de Freud sería un claro complejo de Elektra, que a la postre la acompañará durante todo el disco. La segunda canción es un folk hippie de baja intensidad que logra una atmosfera mágica en ausencia de percusiones y que termina por recostarse sobre la ternura de su voz mientras se desenvuelve una historia adolescente que marca el inicio de su carrera como compositora. “Haz Tu Mente al Invierno del Sur” es una sonata de piano increíble,  una sorpresa digna de un mundo spinettiano y una de las mejores baladas del rock nacional de todos los tiempos, ¿Cómo seguir después de aquel pedazo de himno? La respuesta llega instantáneamente cuando el grupo se da a la emulación del sonido zepeliano y saca a relucir lo más oscuro de su alma para darle forma al “Hombre de las cabras blancas”.

Luego el trajín, la magra vida artística de los 70’s haría mella en su ánimo, “Llegué a hacer shows hasta en pisos de tierra, y era denso, porque la música era un negocio de hombres”. En 1973, Gabriela participa del tercer B.A. Rock y aquellas jornadas quedan inmortalizadas en la película “Rock hasta que se ponga el sol”. Los momentos álgidos se combinaban con algunas decepciones mientras “salía en todas las revistas, las chicas se vestían como yo, me copiaban los vestidos. Era raro. Acá la pasábamos bien económicamente, pero me fui buscando un lugar de más libertad, donde no te metieran presa porque respirabas fuerte. Además, yo sabía que me faltaba mucho para ser una artista madura. Yo escuchaba a Joni Mitchell…”

Las cosas se ponían espesas para la incipiente escena rock de Buenos Aires, la normalidad política se hacía esperar y lentamente los planetas se iban alineando para que Gabriela y Edelmiro decidan viajar a Los Ángeles. La cantante atribuía el éxodo a tres razones principales, en primera instancia “no aguantaba más vivir con miedo” en una Argentina de razias y surgimiento de la Triple A. En segundo término, profesaba una profunda admiración por los músicos de la costa oeste de EE.UU. como Joni Mitchell, Crosby, Stills y Nash, Neil Young y, en tercer lugar, “había oído que ese lugar era el más amigable y libre del mundo”.

De camino al sueño nada seria tan facil y Gabriela experimentaría una especie de vorágine temporo-espacial. “Durante esa época, menos de prostituta, trabajé de todo. Ahí conocí Latinoamérica, trabajando en fábricas y restaurantes con gente de Guatemala, El Salvador, México. Se nos había acabado la guita, tuve a mi hija, Cecilia, y literalmente dejé la música por cuatro años.” En medio del torbellino, aprovechó el tiempo para presenciar algunos shows que hoy se erigen como piezas de museo: “Ver a George Harrison, Joni Mitchell, La Mahavishnu Orchestra, Jackson Browne, Pink Floyd y tantos otros me cambió la cabeza para siempre.”

La experiencia no solo cambiaria de lugar las percepciones musicales sino que impactaría de forma directa en su costado más humanista: “me hizo mucho bien dejar de ser ‘la estrellita del rock’ y hacer todo tipo de trabajos para sobrevivir”. Más tarde, en aquella extensa y rica entrevista para La Historia del Rock experimenta un ataque de antropología mágica y declara: “Somos todos parte de este misterioso universo, a pesar de todas las fronteras que nos hemos autoimpuesto. Ese fue mi gran descubrimiento a nivel humano.”

Gabriela Parodi
Foto interior de su primer LP.

Nadie podría haber descripto mejor el siguiente capítulo de su vida, como ella misma: “En 1976 tuve a mi hija, Cecilia, que dependía exclusivamente de mí. Vi el lado oscuro de la vida. Me encantó porque yo había tenido una vida muy acolchada. Me quedé sin guita, tuve que trabajar, me divorcié, me volví a casar. Trabajé en la cocina de un restaurante, trabajé de secretaria y como operaria de fábrica en la sección control de calidad. Mis empleos fueron mejorando hasta que empecé a hacer subtitulado de películas”.

El sol brilla en California y la vida sigue plácidamente su curso mientras al otro lado del continente la noche más terrorífica se apodera de la República Argentina. Gabriela deja algunos simples que se suceden en su ausencia y la Revista Pelo se ocupa de mantener vivo su legado mientras los recuerdos de su vida rockera comienzan a desvanecerse en la retina. El público la olvida y la historia podría haber terminado en ese preciso instante.

Continuara…

Disco de la Semana: Blue, de Joni Mitchell.
Canción de la semana: All i want, de Joni Mitchell.

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