"Desde el exilio hasta la segunda formación de Los Abuelos de la Nada."

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Miguel Abuelo: una década por Europa

"Desde el exilio hasta la segunda formación de Los Abuelos de la Nada."

Miguel Abuelo: una década por Europa

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En la nota anterior, repasábamos la vida de Miguel Abuelo desde su primera infancia hasta la disolución de la primera formación de Los Abuelos de la Nada. El rock luchaba por salir a la superficie en un contexto social cada vez más violento, y Miguel encontraría en el exilio la libertad que su país no le había podido dar.

Mientras tanto, al otro lado del atlántico estallaba el mayo francés, una revuelta que era el eco universitario de lo que en EE.UU. se manifestaba a través del hipismo y en Argentina encontraba múltiples expresiones. Las banderas de aquel movimiento se izaban en contra del capitalismo, el imperialismo y el autoritarismo. Era una generación de jóvenes que sentía que debía y podía cambiar el mundo.
En nuestro país, solo dos años antes, había tenido lugar uno de los hechos más tristes de nuestra vida universitaria, “La noche de los bastones largos” había sido el resultado de la arremetida que sufrió la educación pública durante el gobierno de facto de Onganía. Aquel régimen había intervenido las universidades quitándole autonomía a la comunidad académica que respondió con una huelga duramente reprimida. En aquella oportunidad, la policía federal no se privó de cagar a palos a estudiantes y profesores, reduciendo a basura bibliotecas y laboratorios. El saldo fue de 400 detenidos y una importante fuga de cerebros hacia EE.UU. y Europa.

La ola de violencia golpeo fuerte en un rock nacional que todavía andaba en pañales, pero el movimiento contracultural ya había tomado envión con la ingesta de elementos de otras latitudes. El pacifismo de los hippies en EEUU, el existencialismo filosófico francés, el art pop de Warhol y el budismo zen se cruzaban en la base del pensamiento de una generación que ya no vería al mundo como sus padres. Las pelilargas y pelilargos argentinos luchaban contra la policía, los grupos pseudo-fascistas y la gente del común que los tildaba de “putos”, mientras muchos se afiliaban a la Juventud Peronista y esperaban el regreso del líder ausente. La Cueva, sindicada como lugar de reunión, también fue víctima de los atentados y las razias que decantaron en el cierre del establecimiento. “Los náufragos” quedaban, esta vez, más a la deriva que nunca.

El sentimiento de la época puede resumirse en la publicidad del programa teenager transmitido por ATC, “El poder joven”, que rezaba: “los jóvenes somos mayoría y dominamos el mundo”. Imposible no ver allí la pujanza y el espíritu democrático de la juventud de la época. Meses antes un grupo de jóvenes denominados Montoneros ajusticiaba al dictador Pedro Eugenio Aramburu y el país era una olla a presión.

Miguel participó, junto con Manal, de los shows que tuvieron lugar en sala Apolo durante 1968. Era una iniciativa disparada por Pedro Pujó de Mandioca que fue, primero una especie de compañía productora rudimentaria encargada de organizar shows y luego, la disquera insignia de los primeros discos del rock argentino. Venían a romper con el monopolio de CBS y RCA, ambas trasnacionales, y le dió a la producción una óptica argentina alejada de los estándares vacíos de artistas encolumnados en movidas culturales foráneas, que a fin de cuentas no decían nada. Mandioca editó, en 1969, el simple de Miguel que contenía “Oye niño” y “Levemente o triste”. Ya desde el principio sus letras son magníficas y certeras, “Oye Niño” es una copla de pocas palabras que contiene un mensaje tan bello como duro para las generaciones venideras:

“Todo lo que ata no es la paz […] No hay camino hasta tu suerte, nadie te puede ayudar”.

La tristeza, la melancolía y la reflexión serán sellos que Miguel llevará desde época temprana, pero aún su paleta de colores estaba lejos de completarse. A mediados de los 70, tendría mucha influencia el surgimiento del movimiento Punk y su filosofía escéptica y nihilista que encontraba estandarte en la máxima “no hay futuro”, pero el mensaje de Miguel fue siempre inverso y de reminicencia sesentista, meramente humanista, pluralista y esperanzador.

Antes, participo junto a Manal, Almendra, Vox Dei, Moris, Arco Iris y varias bandas más, que estaban haciendo sus primeras armas, en el intento de Woodstock que se hizo en el Club Atenas de La Plata donde además verían por primeras vez al público unos particulares jovenes llamados Federico Moura y Carlos Solari, muy lejos aún de sus bandas definitivas. Al año siguiente, en 1970, Miguel armó una banda denominada El Huevo junto a “Pomo” Lorenzo y Carlos Cutaia (en teclados), que no llegará a editar material alguno.

Extenuado por el ámbito restrictivo que el miserable Onganía había sabido gestar, el conservadurismo y las dificultades que enfrentaban los músicos para salir a tocar, la madre de Pipo le regala un pasaje y Miguel abandona el país para iniciar un periplo europeo que estará lleno de vida. En su paso por Ibiza, conoce a la bailarina galesa Krisha Bogdan con quien precipitadamente se casará en una playa desierta para juntos tener un hijo llamado Gato Azul Peralta, que nacerá en Londres. Pero eso no le hizo sentar cabeza, en el sentido más conservador del término, y durante algunos años pasó el tiempo buscando la forma de continuar su carrera, recorriendo ciudades de España, Bélgica, Francia y trabajando de lo que podía, haciendo las veces de recolector de uvas y otras de marroquinero, facturando cinturones a cambio de techo y comida. En Inglaterra trabajó en un restaurant de lujo y en Barcelona sus rebusques artísticos lo llevaron a un papel secundario en el musical norteamericano Hair.

Miguel Abuelo historia
Miguel Abuelo | Los Abuelos de la Nada

El trotamundos buscaba arañar alguna puerta que se abra para conducirlo al arte. Su red de contactos, producto de su vagabundaje, finalmente daría frutos y lo acercaría al productor y mesenas francés Moshé Naïm que a la postre había financiado a otros grandes artistas como Rafael Alberti, Pablo Neruda y Salvador Dalí. En 1973, formó la banda Miguel Abuelo & Nada, que tranquilamente podría haberse llamado Los Exiliados. Sus compañeros eran músicos argentinos y chilenos que, como él, habían escapado de la represión militar. Alli, las lejanas procedencias musicales se manifestarían en un torbellino de psicodelia y poesía que llevarian a las coplas de Abuelo a coquetear con el sonido de Led Zeppelin y Black Sabbath. La formación clásica de algunos de los integrantes sera vital para aportar colores únicos en el chelo de Carlos Beyris o la quena de Juan Dalera, pero el trabajo descollante de Daniel Sbarra en guitarras eléctricas y acústicas le dará a la banda una solvencia imponente para que la voz de Miguel, con su extraña naturalidad, salte al vacío y vuelva a renacer en cada canción.

Una de las mejores piezas del disco llega de la mano de “El largo día de vivir”, una canción preciosa que es a la vez homenaje a la localidad de Cadaqués, Barcelona, aquella comarca que por su belleza fue durante mucho tiempo elegida por Salvador Dalí  para morar, y un lugar que Miguel describía como un paraíso terrenal en la creencia de que había lugares feos donde se vive mal y la vida parece corta y otros, en cambio, donde la vida es hermosa y el tiempo ocurre con lentitud.

Segundo track del disco “Nada”, editado como trabajo solista.

La banda girará un tiempo por los circuitos locales pero la profunda diferencia conceptual entre el material artístico y el público llevará a la incomprensión, y ésta, al desaliento de los músicos. El material grabado durante un caos lisérgico y financiado por un opulento productor de descendencia turca, que a la postre había endiosado la figura de Miguel hasta otorgarle una libertad total en el proceso creativo, vio la luz en 1975 con la banda ya desintegrada.

Uno de los mejores trabajos del rock nacional nacía en Francia bajo la máscara de un disco solista y pasaba, como tantos otros discos de nuestra patria, sin pena ni gloria.  Las canciones que se habían ido formando entre Munro, Once y Plaza Francia finalmente se asomaban al mercado discográfico con un sonido cristalino y una producción inigualable que es más hija de los arrebatos lisérgicos de los interpretes que del genio y la previsión del personal a cargo de la grabación. En su portada, vemos a Miguel con Gato Azul en brazos, pero lo que contiene la placa es en realidad el trabajo de un ensamble único. Su edición nacional se pospondrá por décadas hasta 1999 y su reconocimiento llegará recién con el documental Miguel Abuelo et Nada editado en 2017 y su remasterización dos años después.

Documental estranado en 2017.

Cumplido el sueño, Miguel se instala nuevamente en Ibiza, capital del movimiento hippie desde los años 60, donde tiene algunos problemas con la ley por su condición de “indocumentado” y queda preso por un robo del que más tarde sería declarado inocente. En la cárcel, además de ser testigo lejano de un concierto de The Rolling Stones, desde la ventana de su celda, se hace amigo del cabecilla de una banda de ladrones tras  halagarle las sandalias. Su intrépida forma de abordar a las personas siempre le había granjeado la amistad de quienes lo rodeaban, y a quienes se dirigía bajo el mote de “Mike”. Lo gracioso de la anécdota fue que al fugarse el ladrón dejó el calzado en la celda a modo de saludo y Miguel conmovido por el gesto escribió un poema titulado “La fuga”.

Se fueron.
Nadie los vio
Algunos sospecharon desde siempre.
En fin, no estaban.
Se escaparon ayudados por la noche.
Y una mano que de afuera vigilaba.

Algún tiempo más tarde, en las Islas Baleares, conoce a algunos de los más brillantes músicos argentinos como Miguel Cantilo (de Pedro y Pablo) y Miguel Zavaleta (de Suéter). Su amistad con Cachorro López dará origen a un proyecto de repatriación que concluirá con la formación, o reensamble, de una de las más famosas súper-bandas argentinas: Los Abuelos de la Nada.

Continuará…

Disco de la semana: Nada, de Miguel Abuelo.
Canción de la semana: El largo día de vivir, de Miguel Abuelo.

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